Por Carlos Cámpora para LA GACETA

Ayer se cumplieron 40 años de la muerte de Antonio Di Benedetto, ocasión oportuna para recordar a un escritor cuya obra ha ido ganando reconocimiento con el paso del tiempo. Di Benedetto nació en Mendoza en 1922, provincia donde desarrolló una importante carrera periodística, llegando a ocupar el cargo de subdirector de Los Andes, el destacado diario local. Un hecho dramático en su vida ocurrió durante la última dictadura militar, ya que en 1976 fue detenido y sufrió torturas. Tras una campaña por su libertad, fue liberado en 1977 y se exilió en España. Con el retorno de la democracia, regresó a la Argentina en 1984 y falleció dos años después, el 10 de octubre de 1986.

En cuanto a su obra, deben destacarse tres textos suyos, que forman lo que se ha denominado “Las novelas de la espera”. En el prólogo a la edición de estas, Juan José Saer sostiene que “las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía”. Para Saer, estas tres novelas constituirían una unidad conceptual indisoluble, ya que en ellas el autor retrataría la lucha trágica del sujeto por preservar la conciencia e integridad personal frente a un entorno adverso.

Con respecto a estas obras, recordemos que en El silenciero (1964) se narra que un hombre en una urbe moderna sufre la irrupción de un taller mecánico contiguo a su hogar; asediado por motores y herramientas, agota infructuosamente las vías legales mientras se aísla y el ruido deja de ser un estímulo externo para convertirse en una obsesión interna que destruye su mente. Por su parte, en Los suicidas (1969) se relata que un periodista recibe el inquietante encargo de investigar una serie de suicidios a partir de unas fotografías de los fallecidos y en esa tarea se ve arrastrado a un recorrido cada vez más extraño.

Por cierto, de la trilogía sobresale Zama (1956), reconocida como la novela más importante del escritor. En ella se cuenta lo que le sucede a Diego de Zama, un “americano” (es decir, criollo), funcionario de la administración colonial española destinado en una lejana ciudad del Paraguay a fines del siglo XVIII. Separado de su esposa Marta y de sus hijos, Zama vive obsesionado con conseguir un traslado que le permita abandonar ese lugar periférico y acercarse a su familia y a los centros de poder.

La acción se desarrolla en tres momentos. En el primero, situado en 1790, Zama todavía conserva una elevada imagen de sí mismo, pues se considera un hombre de posición, culto y merecedor de un destino superior. Sin embargo, su situación real contradice continuamente esa percepción, ya que carece de dinero, depende de autoridades que lo postergan y se encuentra atrapado en una sociedad colonial pequeña y asfixiante. El segundo momento transcurre en 1794, cuando han pasado cuatro años y el esperado traslado no se ha producido. La espera empieza a transformarse en degradación, pues Zama vive con mayores dificultades materiales, cambia de alojamiento y mantiene una relación con una mujer pobre, pero tampoco logra construir allí una nueva vida. Por último, el tercero se desarrolla en 1799, cuando Zama finalmente abandona la ciudad incorporándose a una expedición militar destinada a perseguir al bandido Vicuña Porto. Desgraciadamente, se descubre que en la expedición está el propio bandido disfrazado y la partida cae en una emboscada violentísima, siendo Zama capturado y mutilado

En suma, Zama cuenta la historia de una espera, la de un hombre que posterga su vida porque imagina que su verdadera existencia comenzará en otro lugar y en otro momento. Sin embargo, mientras espera el traslado o una oportunidad futura, el tiempo transcurre y lo destruye. Precisamente, de allí la dedicatoria que abre la novela: “A las víctimas de la espera”.

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Carlos Cámpora - Licenciado en Letras, magíster en Sociología de la Cultura. IG @carloscampora100